VIII - El pantano
Al salir estaban nuevamente un poco más cerca del fondo,
aunque este todavía no se veía. Del otro lado del pozo vieron a la bestia que
entraba por una puerta. Melany y Nube, siguiéndola, bajaron bastante hasta llegar
a aquella entrada. Esta era muy pequeña. Entraron agachados y, al cruzarla, se
encontraron en un pantano. Para todos lados, exceptuando por la puerta, no se
veía otra cosa que un mar de un líquido viscoso de color marrón verdoso. El
olor era nauseabundo. Melany inmediatamente quiso salir pero escuchó un sonido tenue
de dolor y llanto. El quejido parecía venir de una mancha oscura a lo lejos.
Volvió a tomar a Nube en brazos y avanzó en esa dirección. Caminaba con
dificultad. Sus pies se hundían en el barro. Hacía mucho esfuerzo tratando de
no resbalarse y caer. Seres que no llegaba a ver, largos y gruesos, nadaban
rozando sus piernas. A veces la raspaban. A medida que se iba acercando los
gemidos se hacían más claros. Cuando estuvo a unos pocos metros de distancia notó
sorprendida que se trataba de un escarabajo rinoceronte gigante. El escarabajo gemía patas para arriba,
sin poder darse vuelta. Melany se acercó y lo acarició. En respuesta recibió un
gruñido amenazador. Decidió ignorarlo y lo empujó por un costado, con todas sus
fuerzas. El primer movimiento generó un pequeño balanceo, pero de a poco, como
si fuese una hamaca, empujando una y otra vez, empezó a tomar mayor energía,
hasta que finalmente el escarabajo rodó lo suficiente como para estar
nuevamente de pie. Melany se echó exhausta al piso. El escarabajo, contento y agradecido,
la acarició con su cuerno. Luego, con este mismo, los levantó. Melany se agarró
firme y el escarabajo, nadando, los llevó hasta la salida del hediondo pantano.
De la bestia no tenían ni una pista.



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