XII - El regreso
La familia de Félix los recibió con una alegría enorme. Lo abrazaron fuerte y se largaron a llorar. No lo podían creer. Hacía meses que estaba desaparecido y nadie sabía por qué ni dónde estaba.
Los chicos les contaron toda su aventura, pero no les creyeron mucho. Les parecía demasiado irreal. Pero no se preocuparon, Félix estaba de vuelta en casa sano y salvo, y eso era lo que les importaba.
Cuando Melany volvió a su casa la retaron porque se había ido toda una tarde sin avisar. Su papá le hablaba fuerte, su mamá miraba el reloj, sus hermanas se peleaban por el control remoto. Melany escuchó, mirando el piso, hasta que terminaron. Después se fue a su cuarto y guardó la semilla roja en una cajita, debajo de la cama. Al día siguiente, Melany, en secreto, plantó la semilla en su patio. La regó y observó cómo día tras día crecía con velocidad. Los padres le preguntaron qué planta era, pero ella respondió con la verdad, no lo sabía, había encontrado la semilla y le dio curiosidad ver qué nacía.
En una semana creció una enredadera trepadora que cubrió el muro y en un mes empezó a esparcirse un poco más allá, cruzando el muro y llegando a la vereda. En el verano dio unos frutos rarísimos, de color naranja con pelos suaves azules. Melany fue la primera en animarse a probarlo, apenas un poquito, y a escondidas de sus padres, porque no la hubiesen dejado. Ella estaba segura de que no eran peligrosos. Descubrió que eran dulces y jugosos, y que no hacían nada más que tener un sabor exquisito y desconocido. Compartió su descubrimiento con su familia y desde entonces, todos ellos, incluyendo el barrio entero, durante todos los veranos, disfrutaron de los frutos más ricos que habían probado en su vida.
Melany y Félix siguieron siendo amigos. Se visitaban una vez por semana, yendo a una casa o a la otra, para luego salir de aventuras.


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